La ciudad que el mundo entero conoce cada julio por los encierros de San Fermín — pero que enamora los otros once meses del año por su casco histórico y su calma.
Pamplona vive dos vidas: la de los nueve días de julio en que el mundo entero mira hacia sus calles, y la de los otros trescientos cincuenta, en los que se revela como una de las ciudades más apacibles y elegantes del norte de España.
Capital histórica del Reino de Navarra, Pamplona conserva un casco antiguo amurallado de una belleza serena, con plazas porticadas, calles empedradas y una Catedral gótica que invita a un paseo sin prisas. Es fácil olvidar, caminando por su Ciudadela o su Plaza del Castillo, que esta misma ciudad se transforma cada julio en el escenario de una de las fiestas más famosas del planeta.
La huella de Ernest Hemingway, que inmortalizó los Sanfermines en su novela "Fiesta", sigue muy presente en cafés como el Iruña, y añade una capa literaria a una ciudad que combina tradición, buena mesa e historia de una forma sencilla y genuina. Pamplona es, para el viajero curioso, una de las mejores sorpresas del norte peninsular.
Pamplona fue fundada como Pompaelo por el general romano Pompeyo en el año 75 a.C., de quien toma su nombre. Durante la Edad Media, la ciudad se consolidó como capital del histórico Reino de Navarra, uno de los grandes reinos cristianos de la península ibérica, con una identidad política y cultural propia que aún hoy se percibe en su casco histórico.
Las fiestas de San Fermín tienen sus primeras referencias documentadas ya en el siglo XIV, como celebración de carácter religioso en honor al patrón de la ciudad. Con el tiempo, la fiesta fue incorporando elementos taurinos y populares, hasta que en 1591 se fijó la fecha actual de celebración, del 6 al 14 de julio, tal y como se mantiene hoy.
El gran salto a la fama mundial llegó en 1926, cuando el escritor estadounidense Ernest Hemingway publicó su novela "Fiesta" (The Sun Also Rises), inspirada en sus propias vivencias en los Sanfermines. Aquella novela internacionalizó definitivamente las fiestas y convirtió a Pamplona en un destino de referencia para viajeros de todo el mundo.
Una selección de lo que ningún itinerario de Viavora se salta.

Del 6 al 14 de julio, los toros recorren 875 metros por las calles del casco antiguo delante de miles de corredores, en una de las tradiciones más famosas y adrenalínicas del mundo, inmortalizada internacionalmente por Ernest Hemingway en su novela "Fiesta". Cada mañana a las ocho en punto, un cohete anuncia la suelta de los toros, que recorren el trayecto hasta la plaza de toros en apenas tres o cuatro minutos de pura tensión. Incluso sin correr, presenciar el encierro desde los balcones o las vallas es una experiencia que pone la piel de gallina.

Las murallas de la Ciudadela de Pamplona, construidas en el siglo XVI por orden de Felipe II siguiendo el modelo de fortificación abaluartada italiana, están entre las mejor conservadas de España y llegaron a formar uno de los recintos militares más sofisticados de su época. Desprovistas hoy de su función defensiva, sus fosos y baluartes albergan un extenso parque urbano ideal para pasear sin prisas, con esculturas contemporáneas repartidas entre el césped y los antiguos muros de piedra.

Un imponente templo gótico levantado entre los siglos XIV y XV sobre una catedral románica anterior, tras el derrumbe parcial de esta. Su claustro medieval, con arcos ricamente decorados y una serie de tumbas de la nobleza navarra, está considerado uno de los mejores ejemplos de arquitectura gótica de España, comparable en calidad escultórica a algunos de los grandes conjuntos góticos franceses. En su interior descansan los reyes Carlos III el Noble y su esposa, en un sepulcro de alabastro de extraordinaria factura.

El salón social de la ciudad desde hace siglos, una gran plaza porticada rodeada de cafés históricos que han sido testigos de tertulias literarias, políticas y taurinas durante generaciones. Punto de encuentro habitual de pamploneses y visitantes en cualquier época del año, durante los Sanfermines se transforma en el epicentro de la fiesta, con conciertos y verbenas que se prolongan hasta el amanecer bajo la mirada de sus fachadas señoriales.

Frecuentado históricamente por Ernest Hemingway durante sus estancias en Pamplona para presenciar los Sanfermines, este café centenario, inaugurado en 1888 con una decoración modernista de espejos y columnas de mármol, conserva el ambiente y el encanto que enamoraron al escritor estadounidense. Una estatua de bronce del propio Hemingway, apoyada en la barra, recuerda hoy a los visitantes que aquí se escribieron algunas de las páginas que hicieron famosas las fiestas de la ciudad en todo el mundo.

El casco antiguo esconde una excelente escena de pintxos y vinos navarros, con bares que combinan la solidez de la cocina tradicional —pochas, espárragos de Tudela, chistorra— con propuestas más creativas de la nueva generación de cocineros navarros. Los vinos de las denominaciones de origen de Navarra, especialmente los rosados, acompañan a la perfección esta ruta, perfecta para completar un día de paseo por la ciudad con el mismo espíritu sociable que define a Pamplona todo el año.
El encierro de San Fermín recorre 875 metros por las calles del casco antiguo en apenas unos minutos, delante de los toros.
Pamplona fue fundada por Pompeyo Magno en el año 75 a.C., de quien toma su nombre original, Pompaelo.
El escritor Ernest Hemingway fue tan aficionado a la ciudad que hoy hay una estatua suya frente a la plaza de toros de Pamplona.
Las murallas de la Ciudadela de Pamplona están entre las mejor conservadas de toda España.
Fuera de las fiestas de julio, Pamplona es una de las ciudades más tranquilas y verdes del norte de España.
El chupinazo, el cohete que da inicio oficial a los Sanfermines cada 6 de julio a mediodía, se lanza desde el balcón del ayuntamiento ante una plaza abarrotada.
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